
Acuérdense de esa foto grupal de la cena de fin de año en la oficina, allá por fines de noviembre. Yo me sentía soñada con mi vestido nuevo, pero cuando la subieron al grupo de WhatsApp, casi me voy de espaldas: mis ojeras parecían dos sombras grises pesadísimas, como si no hubiera dormido en tres años, a pesar de que me había pasado media hora aplicando capas y capas de un corrector carísimo que me vendieron como milagroso. Fue el momento en que me di cuenta de que tirar dinero en productos de marca no sirve de nada si una no sabe qué está haciendo con su propia cara.
Como saben, yo trabajo en marketing para una empresa de logística aquí en Querétaro y la verdad es que entre las juntas con clientes y los eventos de la chamba, ya me estaba saliendo carísimo pagarle a una maquilladora cada vez que quería verme decente. Así que, con la frustración a tope y mi tarjeta en mano, decidí que este año iba a ser el de aprender de verdad. Me metí a investigar en Hotmart y terminé comprando un par de cursos para ver si podía cerrar esa brecha desde mi casa, comparando los precios como comparo el kilo de aguacate: ¿cuántas noches de maquilladora profesional me ahorro con lo que cuesta este curso? Si el curso me sale en lo mismo que dos maquilladas para boda, ya es ganancia.
De la frustración al aprendizaje: por qué el corrector normal no basta

A principios de marzo, después de un par de meses de intentar tutoriales gratuitos de YouTube que solo me dejaban la cara como cartón, entendí que el problema no era mi piel, sino mi falta de técnica. El tacto pastoso y pesado del corrector acumulándose en las líneas de expresión bajo mis ojos tras cuatro horas de junta era insoportable; me veía diez años mayor de lo que soy. Ahí fue cuando decidí invertir en un curso de automaquillaje avanzado, buscando algo que fuera más allá de lo básico que ya todas medio sabemos hacer.
Lo primero que aprendí, y que me voló la cabeza, es que nuestra piel tiene 3 capas: la epidermis, la dermis y la hipodermis. Suena a clase de biología de la prepa, pero es fundamental porque las manchas y las ojeras no están solo en la superficie. Si intentas tapar algo profundo solo con una plasta de color encima, se va a ver gris o se va a cuartear. En el curso explicaban que para que el maquillaje no se mueva, hay que entender cómo interactúa el producto con la textura de la epidermis, que es lo que realmente vemos.
Me di cuenta de que yo estaba cometiendo el error clásico: intentar tapar la oscuridad con luz. Si tienes una mancha oscura y le pones un corrector muy blanco o muy claro, terminas con una mancha gris brillante. Es como intentar pintar una pared negra de blanco sin usar sellador; vas a necesitar veinte pasadas y como quiera se va a notar algo raro abajo.
La ciencia del color: los 180 grados que lo cambian todo

Aquí es donde la cosa se pone técnica pero súper útil. ¿Han visto esos círculos de colores que usan los diseñadores? Bueno, en el teoría del color que enseñan en los cursos avanzados, te explican que para cancelar un tono, necesitas el que está exactamente a 180 grados de separación en el círculo cromático. Es decir, el color complementario. Si mi ojera es morada-azulada, necesito algo con pigmento naranja o salmón para que, al mezclarse, se vuelvan un tono piel neutro.
Pero ojo, que aquí es donde casi tiro la toalla. Luego de unas seis semanas de práctica, me dio por seguir el consejo típico de internet de ponerme un corrector naranja súper encendido. ¡Grave error! Terminé con unas manchas naranjas imposibles de difuminar que me hacían ver como si me hubiera puesto salsa de enchiladas en las ojeras. El curso de automaquillaje avanzado me enseñó que la clave no es solo el color, sino la saturación. No necesitas que sea naranja neón; necesitas un tono durazno o salmón que sea sutil.
Además, descubrí que mi piel tiene un subtono frío. Olvídate de aplicar corrector naranja para todo: usar tonos muy cálidos en pieles frías o que están algo deshidratadas por el clima seco que tenemos aquí en Querétaro solo resalta la mancha en lugar de camuflarla. El naranja sobre una piel fría se ve como algo ajeno, como si te hubieras equivocado de cara. Aprendí que en mi caso, un tono rosado o un salmón muy pálido funcionaba mil veces mejor para neutralizar sin dejar ese rastro de Cheeto.
Entendiendo mis manchas: más allá de las ojeras

No solo eran las ojeras; también tengo un par de manchas de sol en las mejillas que me traían loca. En el módulo de colorimetría avanzada explicaban que existen principalmente 2 tipos de melanina en nuestro cuerpo: la eumelanina (que da tonos marrones y negros) y la feomelanina (que da tonos amarillos y rojizos). Dependiendo de cuál predomine en tu mancha, vas a necesitar un tipo de corrección diferente.
Recuerdo ese ligero ardor en las mejillas al intentar frotar tres capas de base que no lograron ocultar una mancha de sol persistente. Estaba irritando mi piel y desperdiciando producto. La técnica correcta que aprendí se llama 'stippling' (o punteado), que consiste en depositar el color a toquecitos con una brocha densa o la yema del dedo, sin arrastrar. Si arrastras, levantas lo que acabas de poner. Es pura paciencia, pero el resultado es que la mancha desaparece con una cantidad mínima de maquillaje.
Comparando este curso avanzado con uno de 'maquillaje social' que tomé el año pasado, la diferencia es abismal. El de maquillaje social te dice "ponte esto y aquello", pero el de automaquillaje avanzado te explica el porqué químico y físico de las cosas. Por ejemplo, me sirvió muchísimo para entender que si uso una base con base de agua y un corrector con base de aceite, se van a separar en mi cara como el vinagre y el aceite de la ensalada. Por eso a veces el maquillaje se ve "cortado" después de un par de horas.
Poniendo todo a prueba en una tarde calurosa de julio

La prueba de fuego llegó una tarde calurosa de julio. Tenía una cena importante con unos clientes que venían de fuera y quería verme profesional pero no súper cargada. Hacía un calor de esos que te hacen sentir que el maquillaje se te va a escurrir hasta el cuello antes de llegar al restaurante. Apliqué todo lo aprendido: hidratación ligera, neutralización con un salmón sutil en las ojeras y un poco de corrector verde (que está a 180 grados del rojo) sobre una marquita de acné que me salió por el estrés de la semana.
Lo que antes me tomaba una hora de pelearme con el espejo, ahora me tomó veinte minutos. Y lo mejor: la piel se veía como piel. Al usar la técnica de corrección de color, usé la mitad de la base que solía usar. Si usas lentes, como yo a veces cuando tengo que leer reportes largos, sabrás que el peso del maquillaje bajo el armazón es una pesadilla. Por cierto, hace poco escribí sobre algunas técnicas de maquillaje de ojos para resaltar la mirada si usas lentes que me han salvado la vida en la oficina.
Al final de la cena, me vi en el espejo del baño y, por primera vez, no sentí que necesitaba retocarme todo. El maquillaje seguía ahí, la ojera no se había vuelto gris y mi piel no se sentía asfixiada. La inversión en educación realmente pagó la confianza que ahora siento frente al espejo. Ya no tengo que andar cazando citas con la maquilladora y rogando que tenga espacio un sábado por la tarde; yo solita puedo lograr ese acabado profesional que antes me costaba una lana cada vez.
Si están pensando en dar el salto de los tutoriales básicos a algo más serio, les recomiendo que busquen cursos que se enfoquen en la teoría del color y la química de los productos. No se dejen llevar por los que solo les enseñan a hacerse un 'smokey eye' espectacular pero no les explican cómo preparar el lienzo, que es nuestra piel. Al final, lo que hace que un maquillaje dure y se vea natural es el trabajo de corrección de fondo. Para que todo se mantenga en su lugar, especialmente con el calor de estos meses, siempre me aseguro de usar mejores fijadores de maquillaje para que tu look dure toda la noche, que son el toque final indispensable después de tanto esfuerzo corrigiendo manchas.
Hoy, prepararme para una cena de clientes me toma menos tiempo y el resultado es natural. Ya no le tengo miedo a las fotos grupales ni a la luz fluorescente de la oficina que suele perdonar muy poco. Aprender a corregir ojeras y manchas ha sido, honestamente, la mejor inversión que he hecho con mi tarjeta en lo que va del año. Es como tener un superpoder en las manos, o al menos, en las brochas.